Fue en aquella época del año en la que no predominaba el frío pero no hace calor. La caminata fue larga y aburrida. “¿Cuánto tiempo será así?”, se pregunté, mientras observaba un rojo atardecer desvanecerse detrás de un tanque de agua, el cual siempre me intrigó su existencia. La vida por esos días me resultaba un tanto monótona, a pesar de que años atrás descubrí el placer de las seis cuerdas.
La llegada a casa fue como siempre, recuerdo haberme encontrado con la misma vecina de siempre, besé la misma mejilla de siempre (la derecha), pregunté lo mismo de siempre (“¡Hola! ¿Cómo estás?”) y pensé lo mismo de siempre (“¡Pero qué guapa es!”). Como era de esperar, entré al departamento, enchufé la guitarra a un destartalado parlante, que por esas épocas era mi único canal para hacer bulla, y empezó la sinfonía de uno como todas las tardes en mi habitación… al fono del pasadizo.
No tuve ganas de comer, no hablé con nadie de mi familia. Abstraído de mí mismo trataba de lograr un sonido perfecto, completamente equitativo. A veces lo conseguía. A veces tocaba lindo, pero también hubo épocas en las que sonaba como una construcción durante un domingo en la mañana: horripilante. Cuando lograba esa “Equidad”, siempre sucedía algo que me jodía el momento de clímax musical: se me rompía una cuerda. En muchos casos en horas en las que cualquier tienda musical estaría cerrada.
¿Y ahora? Mi estado de ánimo se tornaba muy agrio cuando algo me impedía rasguear las cuerdas. La mayoría de veces, ocurría por el desgarramiento de éstas, provocado por la fuerza del ataque de la púa, mezclado con la poca higiene de principiante ante ellas. Nada me molesta más que romper una cuerda, hasta hoy. Efectivamente, se me rompió una cuerda y era muy tarde como para salir a comprar una nueva. No tuve más ganas de hacer algo más constructivo que tirarme a los pies de mi cama a oír un disco de Black Sabbath y a fumar un cigarrillo, mezclado con una cantidad industrial de incienso.
Por aquellos días el intercambio de discos compactos originales con algún compañero de clase, era algo que me hacía conocer más y más estilos, en algunos casos, bandas ligadas a lo oscuro; como es el caso de la que adornaba auditivamente mi pequeña morada en el momento de “relajación”. Al llamado de la empleada con el eterno recado de mi madre para que baje el volumen, solo respondí con un requerimiento: “Dame un té, fuerte con mucho limón”, dicho y cumplido eso me pondría mis audífonos de piloto FAP. Total, no podía hacer mucho, horas atrás había roto una cuerda y lo único que me quedaba por entretenerme era tomar un té mientras me deleitaba con música nueva en mi cuarto.
Mientras apreciaba el hermoso arpegio de “Laguna Sunrise”, los ojos se me iban cerrando. Algunas imágenes, entre el humo y los efectos relajantes del té me hicieron querer dormir. Poco a poco me fui quedando dormido, y en efecto para esas alturas yo ya roncaba mientras el disco seguía girando. No me interesó ponerme el pijama o mover algunos músculos para ir a mi cama. Solo dormí ahí.
“Despierta, Renato”, escuché desde lo más profundo de mi sueño. Un olor y una sensación extraña invadieron mi cuerpo, mientras trataba de conciliar el sueño y dormir otra vez. “La muerte es eterna, y es el comienzo del descanso…”, la voz se tornaba robótica, muy extraña. Sentí miedo. No había nadie más ahí, excepto mis padres, que supuestamente dormían en su cuarto. ¡Y definitivamente su voz nunca sería así!
Sentí el cuerpo muy pesado, como si fuera de plomo. La extraña voz robótica empezó a emitir ruidos y a vocalizar en un idioma que no conozco. Chirriantes, como un metal que se oxida al paso del tiempo. Levanté la cabeza y lo único que pude apreciar fue a un ser que parecía una mezcla de Gandhi con un Elfo y con facha de rockero. A primera vista no pude notar bien su aspecto porque estaba bastante asustado, lo que sí captó mi atención fue una sítara que llevaba y que emitía sonidos mágicos. El tipo se desvanecía, parecía un holograma un efecto prismático que… ¡Sabía mi nombre!
Le pregunté quién era. Su camaleónica piel cambiaba del azul al morado y las distintas tonalidades de colores. Pero no respondió. Su silencio solo me asustaba más.
“A veces es mejor no saber quiénes te quieren hablar y ser tus amigos hasta que una casualidad del destino los junta”, dijo acompañado por el sonido de su instrumento.
Su explicación luego de mi insistencia fue espectacular… nos teletransportamos una dimensión muy rara en la que se veía todo lo que el tipito este hablaba:
“Me llamo Kurqo y vengo de donde voy. Soy una mezcla de dimensiones abstractas y he viajado en el tiempo a diferencia de otros seres estoy en todos lados, no como una luz, si no como una idea que puede brotar en cualquier rincón del universo. Mis dones fueron adquiridos a través del tiempo y creo ser inmortal ya que al notar el sufrimiento que se causan entre ustedes los humanos en TU mundo aún no he muerto y si eso no me ha matado, pues creo que nada lo hará. Tengo el conocimiento alternativo que vino de cada idea desechada, nadie sabe que en ellas hay mucho valor, imagina cada fuente de poder, cada fuente generadora de ideas… cada idea desechada fue aprovechada por mi mente. Imagina todos los archivos que pueden haberse incinerado, las obras prohibidas en los siglos anteriores a tu nacimiento, las ideas de quienes fueron incinerados por pensar distinto o pecar de ser “brujos”, cada archivo eliminado en una moderna computadora, cada operación matemática de cada calculadora o cada ábaco roto en acción en la china… cada nudo desatado en un quipu de la cultura incaica, de ahí vengo yo y hacia ahí iré por siempre. Tú me construiste cuando deseaste crear una obra que inspire al mundo a algo que cambie su estúpida forma de ser. ¿Acaso creíste que las ideas y pensamientos que desechaste no los pude absorber? A veces puedes ser un simple ser que gira con los otros en una pelota de odio, pero otras eres una mente; alguien que nació para algo más allá de nacer, crecer, reproducirse y morir. Puedes trascender, solo depende de las ideas que tengas y hacia donde desees llevarlas y para qué también. Si supieras la enorme e infinita cantidad de cosas que le pueden pasar al mundo por ideas desechadas que los grandes genios han dejado atrás. ¿Hacia dónde van tus ideas ahora?”
Honestamente, sus palabras eran muy verosímiles, pero el sueño me vencía y solo le dije que me lleve de regreso. Según él, tenía un obsequio para mí, me iba a otorgar el don de poder aguantar días y noches enteras sin dormir pero no lo acepté ya que no me parece un don tan don como para ser llamado un don que sea don. Trabalenguas. Igual no lo acepté.
¿Y la sinfonía de uno? No le puse el título al relato por un simple gusto fue algo que aprendí de la mano de ese extraño ser, que con su sítara tocó acordes y arpegios muy bellos muy penetrantes a mis sentidos, no podía creerlo, estaba ante un instrumento hindú que siempre me llamó la atención. Y el tipito este lo hacía sonar espectacular, simplemente no sé que tipo de escalas tenía lo que entonaba pero mientras trataba de descifrarlo, me explicó que la majestuosidad de la música no es por las escalas que uses, ni con la rapidez con la que ejecutes… si no la actitud y los oídos que te oyen, así como también saber que la música va más allá del entendimiento y comportamiento de quienes se dicen llamar “Músicos”.
Fui capaz de sentir una pared de guitarras en el lugar, no sé si puso el efecto chorus de mi procesador en aquel entonces. Solo pude sentir la música como nunca antes. Supuestamente había sido “iluminado” por el extraño ser.
Me dijo que su llegada significaba que el cielo se torne de colores, incrédulo me asomé a la ventana de mi casa y efectivamente; por más que pareciera una alucinación con la peor de las más estupefacientes drogas, el cielo oscilaba en colores, cambiaba y parpadeaba y los colores se enfatizaban cuando se paralizaba esa imagen. Parecía congelarse ahí arriba, truenos y prehistóricos animales empezaron a salir de un hoyo que se formó en lo alto.
Simplemente no lo pude creer. Era un caleidoscopio, era una gama de colores y yo la veía ahí, presencialmente. Allá por la lejanía a algunas cuadras se formó una enorme colina muy desgastada para ser nueva, la verdad. Los pterodáctilos empezaron a volar hacía en novísimo lugar y ahí estaban cientos de ellos gritando cosas que no podía entender por la lejanía de los hechos.
En todo momento sentí la presencia del maestro Kurqo, pero cuando volteé para pedirle una explicación de lo que pasaba ahí afuera, no había nadie. Sentí que me desplomaba. Solo corrí a dormir y caí indefenso al suelo de mi habitación, en un sueño profundo.
Desperté unas horas más tarde, como a mediodía en el suelo, con el disco de Black Sabbath aún sonando (lo había dejado en repetición continua), evidentemente fue un sueño, peor lo que nunca me terminó de cuadrar fue cómo carajo mi guitarra estaba con el juego de cuerdas completo (y nuevo) además de estar afinado en una afinación llamada “La Abierto”, que es para tocar acordes con un solo dedo y que es muy útil para utilizar el slide. En esa época no habían las facilidades para aprender guitarra como las hay ahora, que si se te antoja aprender a tocar con el codo lo encuentras en el You Tube.
Nunca sabré que fue lo que pasó, pero hay algunas cosas que es mejor dejar ahí y dejar que la intriga mezclada con la imaginación juegue con nuestras mentes.